Esta poco conocida, historial real, la protagonizaron Pedro González y su mujer Catherine a finales del siglo XVI y principios del XVII, una historia digna de permanecer en la memoria colectiva de las islas, y que así, supo así retratar el escritor Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve escribiendo el conocido y popular cuento de “La Bella y la Bestia” que poco tiempo después Jeanne-Marie Leprince de Beaumont retomaría.

Pedro González nació en la isla de Tenerife en el año 1537, sufría una rara enfermedad llamada hipertricosis, una afección genética por la cual su vello corporal no paraba de crecer en exceso. Cuando contaba con tan solo 10 años de edad este guanche descendiente de menceyes fue trasladado a Europa como presente.

Se cree que fue enviado a Europa como un regalo desde Canarias a Bruselas, donde se encontraba el emperador Carlos V y su conocida tía que era la gobernadora de los Países Bajos por aquel entonces, y que es muy probable que durante su viaje a Bruselas, Pedro González fuera capturado por corsarios franceses para entregarlo como regalo a Enrique II.

La llegada de Pedro González a la capital parisina creo una gran curiosidad. Uno de los enviados diplomáticos del rey de Italia en Francia describió a Pedro González «su rostro y su cuerpo está cubierta por una fina capa de pelo, de unos cinco dedos de largo, y de color rubio oscuro, más fina que la de una “marta cibellina” y de olor bueno, si bien la cubierta de pelo no es muy espesa, pudiéndose apreciar bien los rasgos de su rostro». Despertó muchísima curiosidad entre los príncipes de la época, quienes al no poder verlo en persona ordenaron que se les retratase.

Por aquella época era el típico hombre salvaje, tan famosos en Europa por aquella época y que Enrique II dándose cuenta de su inteligencia hizo todo lo posible en su mano para civilizarlo, enseñándole latín y otras lenguas e inculcándole refinadas costumbres.

En Francia en la corte del rey, el conocido salvaje de Canarias vivió protegido por la figura del rey, que lo integro en su servidumbre. Pedro Gonzalez trabajo formando parte de toda la cadena humana que llevaba comida al rey y debía mostrarse ante el a su orden, el rey le concedió el tratamiento de Don, por ser descendiente de un rey guanche.

Al tiempo Enrique II muere en un torneo, Pedro Gonzalez pasa a depender totalmente de su mujer Catherine, una joven francesa de gran belleza, ella lo conoció totalmente horrorizada el mismo día de su boda, pero por orden real tuvo que obedecer y casarse. Del matrimonio nacieron 6 hijos (Madeleine, Enrique, Françoise, Antonietta, Horacio y Ercole), cuatro de esos niños heredaron la rara enfermedad de su padre.

Antonietta González, retratada por Lavinia Fontana, año 1583

El canario Pedro González y sus hijos peludos nunca dejaron de ser una propiedad valiosa, tratados para siempre como objetos, pasaron a ser curiosos objetos de coleccionista de los que se podía presumir ante conocidos y amigos, que también podían regalarse al antojo de los nobles. Tras la muerte del rey francés, la familia al completo pasó en forma de regalo a Margarita de Austria, gobernadora de Flandes y duquesa de Parma, y posteriormente fueron heredados por el hijo de ésta, Alejandro Farnesio. Pedro González murió en el año 1618. Tenía 80 años de edad, algo muy inusual para la época en la que vivió.